Glei Hernández
Margaret Atwood escribió El cuento de la criada en 1985, pero su mensaje sigue tan vigente como si hubiese sido publicado ayer. En esta novela, la autora canadiense construye un mundo donde la libertad femenina ha sido borrada por completo, y las mujeres son reducidas a su función biológica: reproducir.
Sin embargo, más que una distopía, Atwood crea una reflexión profunda sobre el poder, la identidad y la resistencia interior. La protagonista, Defred, no es una heroína en el sentido clásico; es una mujer común que intenta sobrevivir sin perder su memoria ni su humanidad. Su voz, narrada con un estilo íntimo y pausado, transmite miedo, dolor y esperanza al mismo tiempo.
La prosa de Atwood es contenida, casi poética. Cada palabra tiene un peso emocional que revela tanto como oculta. A través del silencio, la autora muestra la opresión, y mediante los recuerdos del “antes”, deja ver la nostalgia de una libertad perdida.
En el fondo, El cuento de la criada es una advertencia sobre lo frágil que puede ser la libertad y cómo el fanatismo ideológico puede arrebatar derechos ganados con esfuerzo. Atwood no escribe desde el odio ni la confrontación, sino desde la lucidez: la de quien observa cómo los extremos pueden convertir la fe, la política o las ideas en instrumentos de control.
El mensaje feminista de la obra no busca imponer, sino recordar. Recordar que los derechos de las mujeres no son permanentes por naturaleza, que cada generación debe protegerlos, defenderlos y ejercerlos. Porque, como demuestra Defred, incluso en los momentos más oscuros, la capacidad de pensar y recordar sigue siendo un acto de libertad.
Margaret Atwood no solo escribió una novela icónica: dejó un espejo. Uno donde cada lector puede mirarse y preguntarse qué tan libre se siente realmente.







